Esta definición se la debemos a Alberto Vázquez-Figueroa y la encontramos como inicio de uno de los capítulos de su libro «Todos somos culpables»

El amor ha sido siempre el más inoportuno, irritante e irrespetuoso de cuantos visitantes pueda recibir un ser humano.

Nunca aparece cuando se le llama y nunca llama cuando se le antoja aparecer.

Se le representa como un gracioso querubín esgrimiendo una flecha, cuando en realidad se le debería representar como un repelente monstruo esgrimiendo un hacha.

No acostumbra a atravesar delicadamente los corazones; prefiere destrozarlos de un violento mazazo.