Y te enfadas conmigo.

Y lo sé porque no me devuelves los «te quiero», porque tus brazos no acompañan mis abrazos y son son tus mejillas quienes reciben mis besos en lugar de tus labios.

Y aunque estés llena de razones y nada te reproche, nunca he mentido en mis afectos y cada gesto de cariño se lleva siempre una parte de mí, que tropieza contra tu muro y se pierde en el vacío. Y aunque estés a mi lado te echo de menos. Y cada vez me siento más solo y más pequeño.

Y mientras tú asciendes en tu camino yo cada vez me hundo más en el mío. Hasta que en un momento reapareces. Y me buscas. Porque ya se te ha pasado, dices. Ya, pero a mí, no.

Y aunque lo único que me apetezca sea seguir en mi agujero, saco fuerzas de donde no las tengo. Y te abrazo. Y te beso. Porque no quiero que sientas lo que yo siento. Para que ninguno de tus mimos se derrame por el suelo.

Y sin embargo a ti te sabe a poco.