Zygmunt Bauman«Facebook está basado en el miedo a estar sólo». No, la frase no es mía, es de Zygmunt Bauman y además dice que “nunca en la historia humana hubo tanta comunicación como hoy pero esta comunicación no desemboca en el diálogo» y tiene razón.

Decía Rebeca West que “la conversación es una ilusión, sólo hay monólogos que se entrecruzan” y no encuentro una mejor definición para Facebook. Gritos en el vacío. Necesitamos aprobación, sentir que no estamos solos, que nuestras publicaciones tienen eco y si para eso hay que desnudar la intimad y publicarla, se hace. Coleccionamos «me gusta», «comentarios», «amigos»… «Amigos», bonita palabra. Como decía un conocido «los amigos Facebook son los amigos de verdad, te conectes a la hora que te conectes siempre hay alguien ahí».

No todo es siempre tan extremo. Todos vemos a Facebook algo de utilidad. Para mí fue sentir a los míos cerca. Mis «amigos» de Facebook abarcan desde Argentina a Israel. Sin Facebook no habría conocido los bebés de algunos de mis amigos (estos sí, los de verdad), la nueva empresa de alguno de mis ex-compañeros de trabajo o los exquisitos gustos musicales de mi sobrina. Pero en el fondo es ilusión. Esos bebés no me sonreirán cuando me vean algún día cara (que para ellos será la de un extraño), no puedo esperar a mi compañero a la puerta de su empresa para tomar una cerveza (porque está a miles de kilómetros) y dudo que mi sobrina me acompañe nunca a un concierto (por mucho gracias a ella me mantenga al día en grupos musicales).

Pero ni siquiera eso. Esas pequeñas perlas de información escasean en una maraña «información inútil» que consumimos, digerimos y evacuamos con la misma velocidad que se generan. Un chiste que te hace sonreír pero que se olvida al minuto, un enlace del que apenas lees el título y el primer párrafo o una foto que como mucho te arranca un «me gusta» antes de pasar a la siguiente. No hay reflexión, no hay diálogo. Ni siquiera un comentario puede muchas veces iniciar una conversación. Ah, y hace falta algo más que un #hashtag, para cambiar algo que nos indigna.

Hoy Facebook (internet en general) es la nueva tele. Elvis tenía una televisión en cada habitación, por no sentirse solo. Mucha gente de la generación de mis madres encendía la tele «para que se oyera algo y pareciera que hay gente». Hoy no vemos la tele, los programas de éxito se miden ya no tanto por la audiencia sino por las descargas en la web o por los tweet que genera.

Así que, si uno se aburre, se mira el facebook, se pasea uno, se cotillea, si la zagala está buena se detiene uno un poco más, y, sobre todo, recopilas los «me gusta» y los comentarios de tus publicaciones y si superan la media habitual se duerme uno satisfecho. Nos desvivimos por publicar las fotos de nuestro último viaje, las tapas de nuestra última cena fuera, que más parece un grito de «¿véis?, tengo vida» que de otra cosa pero ¿de qué vale una reunión de amigos si todos están mirando el móvil? Publicamos artículos sesudos o frases ingeniosas de auto ayuda a las que, por supuesto no hacemos ni puto caso, pero oye, las han republicado cinco o seis amigos.

Si has llegado hasta aquí quizás pienses que soy un amargado sin vida o, si me conoces, simplemente creas que hoy tengo el día triste. Me gusta creer que simplemente soy alguien que piensa que los conciertos son siempre demasiado cortos, que las cervezas con los amigos se acaban demasiado pronto y que se desperdician demasiadas caricias en pantallas de teléfonos móviles.