Antes era el Madrid de las tiendas frikis, de los discos baratos, de las cenas en la habitación del hotel, de las Gibson y las Fender en la misma tienda.

Ahora es el Madrid de las habitaciones con las camas de matrimonio, de los desayunos con croissants después de las 12, de los bares de conciertos, de las tiendas de zapatos de baile.

Y sin embargo hoy la cama me parece demasiado grande, el croissant me sabe rancio, creo que el cantante desafina y, en general, me siento ridículo bailando solo.